Glexis Novoa

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El canto del cisne
El Correo del Archivo #10 (Publicación periódica digital), por Magaly Espinosa Delgado; La Habana, 30 de abril de 2013.


Leandro Soto, Ancestros, 1979, Cienfuegos.

Entre el 25 de octubre del 2012 y el 11 de marzo del presente año, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, España, se presentó Perder la forma humana Una imagen sísmica de los años 80 en América Latina, una exposición muy peculiar, pues realmente en ella no predominaban obras de arte en el sentido tradicional, sino documentos que registraban acciones ocurridas en América Latina en los años 80, con una orientación política y social específica.

La muestra era el resultado de un proyecto de investigación surgido bajo el auspicio de una activa red de profesionales, conocida como la Red Conceptualismos del Sur, la que reúne especialistas y artistas de diferentes países. En la misma se exponían piezas de muy diversos soportes, entre los que sobresalían la información gráfica plana, el video, imágenes de diferentes medios editoriales, comportándose como documentos que recogían acciones callejeras, intervenciones, entrevistas testimoniales. Como diría Jacques Derrida, era un “Mal de Archivo” que permitía poner a disposición del público europeo una las décadas más ricas de la actividad social en nuestro continente.

Tuve la oportunidad de visitar el museo en los días en los que se exhibía y para mi sorpresa, se encontraba entre las piezas un documental cuyo título era El canto del cisne, realizado por el artista cubano Glexis Novoa. Él se centraba en el arte de esos años en Cuba, al que se le denominó, por su riqueza y los cambios formales y de contenido, como un Renacimiento del Arte Cubano. Estaba estructurado sobre imágenes de archivo, documentos artísticos y políticos, entrevistas, junto a reflexiones contemporáneas que deben mucho a los recuerdos. Se hallaban también textos explicativos que acercaban al lector a un movimiento tan peculiar, y a unas circunstancias sociales y políticas que se diferenciaban de lo que se mostraba en la exposición, como sucesos ocurridos en el resto del continente en esos años, pues no se trataba de luchas callejeras o enfrentamientos policiales, era una lucha con otra tenacidad, nacida de artistas que en cierta medida, se consideraban parte del proceso.

Era como volver a vivir la agitación de ese tiempo, en los que volverse conceptualista, artista performático, sucedía al unísono con el propio conocimiento del significado de prácticas neo-vanguardistas que le permitían al artista expresar sus preocupaciones sociales, y al mismo tiempo, articular sus intereses por sintonizar con esas prácticas. Se aprendía a andar y a correr al mismo tiempo. Si una obra expresaba uno de los objetivos de la muestra relacionado con ver el arte como un usufructo colectivo, era este documental.

Hubiera deseado disfrutarlo más de una vez, porque me impactaron los relatos y las imágenes, sobre todo las interpretaciones de algunos de sus más activos protagonistas por citar a Rubén Torres Llorca o Lázaro Saavedra. Experiencias en las que sobresalía la vida del arte y sus contingencias, las valoraciones de lo que fue ese movimiento, en algunos casos visto a más de 20 años de distancia.

La obra de Novoa es parte de la memoria viva del arte cubano, que activa lo que puede ser pensado como tradición contemporánea, y de un gran valor en el contexto de una cultura joven que olvida con facilidad.

Pocos documentos como este reflexionan sobre imágenes sagaces de un proceso que nos pisa los talones, haciéndonos pensar en las formas de continuidad, en los traspasos, y como ocurre con la genética, aunque quieras, no te vas a desprender de lo que heredas, porque ello es parte de tu propia sustancia personal.